60 años, 51 días, 2 horas y 5 minutos han tenido que esperar los españoles para redescubrir atónitos lo que ha sido la televisión pública durante este tiempo. Por el camino se han dejado unos cientos de miles de millones, que actualizados en euros constantes suponen más del 50% del presupuesto anual del Estado y más de 1.200.000 horas frente al televisor de una persona que habría de vivir cerca de 137 años como espectador de sus contenidos. 

Primero fue Disney, reencarnado en Felipe de Suresnes, después el Ogro, el temible Josemari, mas tarde Bambi, el cervatillo feliz de Josele y por último Tancredo, Marianín para los compañeros del cole. Estos son los actores de la Opereta: "Mi tele y yo"

El primero, Felipe, pintó un mundo feliz, administrando el Soma mientras se enriquecían en la botica del Estado; fueron años de despegue económico y RTVE vivía en la abundancia y el prestigio de ser la única cadena de televisión. Los contenidos eran "guais", no había límite para el gasto, se viajaba en todos los documentales allende los mares y penetrando las selvas mas tropicales del globo se descubría la última tribu de seres con "piercings" de hueso en sus narices. Al final del periodo se habilitaron las televisiones privadas, un revulsivo para una televisión estatal, que empezó a repartir el pastel de melaza publicitario; fue entonces cuando los españoles comenzaron a tener una deuda con la que no habían contado. Las privadas, las autonómicas y las televisiones locales mordían todo lo que olía a publicidad y las arcas, antes llenas del Estado, se pusieron a temblar viendo como las ávidas manos de los inversores veían la oportunidad de rascar el bolsillo de los contribuyentes.

Existen numerosas y profundas razones para acordar el cierre de la televisión pública. La única en contra de cerrarla propiamente hablando sería no dar esa alegría a los monopolios que ejercen el derecho de usufructo sobre los ciudadanos de este país.

Radiotelevisión Española no es una empresa, es un sumidero financiero que compite con el resto de televisiones en degradar la calidad. Radiotelevisión Española no resistiría una auditoría de cuentas, en tanto deja en barbecho sus recursos humanos y sus medios de producción, y apela a la peor condición humana en una suerte de tragedia en la que le acompañan los otros medios. Las televisiones públicas en su conjunto consumen 2000 millones de euros del erario público.

Tengo la suerte de no tener televisor y la fortuna de no ver la programación, así que ni siquiera tengo la tentación, si puede decirse que lo es, de sintonizar un programa, sea el que sea por internet. Tan ajeno soy al mundo catódico que creo que puedo opinar sobre los efectos que produce esta cosa sobre las personas que la ven. ¿Hay algo mejor que perder el tiempo viendo la "tele"?. Sí, soñar.

Ese negro cristal, con pinta de ventana, que en tiempos remotos era una caja como la de Pandora deja escapar todos los males que aquejan a la especie humana y como la curiosidad es el peor de los dones no he resistido la tentación de convertirme en telespectador de un llamado "periodisto", llámado Évole. A partir de aquí todo son conjeturas y con el permiso de los telespectadores quiero fijar mi posición ajena al telepredicador.

 

"Por mí se va hasta la ciudad doliente, por mí se va al eterno sufrimiento, por mí se va a la gente condenada (...) antes de mí no fué cosa creada sino lo eterno y duro eternamente. Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza. Hemos llegado al sitio que te he dicho en que verás las gentes doloridas, que perdieron el bien del intelecto (...) Allí suspiros, llantos y altos ayes resonaban a un aire sin estrellas, y me eché a llorar al escucharlo", canta Dante Alighieri en la Divina Comedia como bienvenida al infierno.

¿Qué mejor castigo para quien regala su tiempo y su talento sentado frente al televisor de los consiglieri Silvio de Antena 3TV, de Paolo de Telecinco, de sus mercaderes, monaguillos y acólitos, de los Ferreras y de los Évole, de los Vázquez y las Milá?. "La emoción es la esencia de la televisión" apostilla González, "llorar con la TV. Y la clave, como dice Berlusconi, es la pasión. Sin pasión no hay televisión posible. positiva o negativa, porque detestar a alguien también es una pulsión para verlo." concluye Vasile.

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