Apenas quedan padres, sólo momias. Ahora los padres se han distribuido en internet, en las redes de amigos y de farsantes. Hubo un tiempo donde los hijos existían, corrían por el patio, pedaleaban por el pasillo con sus triciclos, salían los primeros al sonar el timbre de la puerta y recibían a los visitantes para espetarles ¿Tú quién eres?. Los hijos hacían los recados, eran útiles a sus hermanos y a sus padres, tan pronto se acercaban a por pan, como subían leche o el periódico. Algunos para evitar daños mayores han decidido hacerse coleguillas, chocar puños y dar palmotadas. Su autoridad, su capacidad de premio y castigo han desaparecido, y el niño y la niña de entonces se entregan ahora a sus recursos onanistas y se premian a sí mismos. Tienen el móvil y la tableta para reconocerse como adultos. A lo más que pueden aspirar esta suerte de padres desaparecidos es a hacer los deberes, o halagar al infinito al nene y la nena que siempre lo hace todo bien. No se le puede frustrar no siendo que corramos el riesgo de que se haga de podemos. Pero el nene y la nena ya son de Podemos, Borrell dixit poco antes de que confesara haber sido estafado por una nadería de 150000 euros. El talento se destruye en la decrepitud. Los hijos residuo desean huir de sus padres fracasados para alimentar a las sectas que les encadilan y a las mafias que les secuestran. Los hijos residuo fracasan en los estudios, sufren de trastorno bipolar, o de simple histeria, son abúlicos y pasivos, tienen fobias alimentarias, preferencias caprichosas, y soluciones mágicas y amigos imaginarios. Cuentan con los medios, se confían a las redes, son los esclavos de un micromundo de relaciones incoherentes y ausentes de significado. Hay miles de Dianas Quer esperando encontrar a la policía. Si no la ha matado su frivolidad y el hastío. Existen tantas madres vengativas compitiendo en autodecoración con sus hijas, y tantos padres ausentes compitiendo con sus hijos que padres e hijos caminan hacia su extinción.

Los hijos, antes, siempre estaban ahí, con sus pantalones cortos y sus faldas, con sus costras en las rodillas por haber pasado frío yendo al colegio. Entonces, había hijos y había padres. Los padres se sentaban a la mesa y todos apilados alrededor de una sopa o unas lentejas o unos maravillosos huevos fritos cantaban, ¡pásame el pan!, ¡Acércame el agua!, ¿Quedan manzanas?, y así sucesivamente. Los padres daban instrucciones, ¡Coge bien la cuchara!, ¡Come con la boca cerrada!, ¡No molestes a tu hermana!. Existían padres e hijos, y como no había televisión o dinero para comprarla, solo la radio se escuchaba en la voz de un maravilloso locutor, ante el cual padres e hijos se reían con solo la palabra.

Y había castigos; ponerse de cara a la pared, quedarse de rodillas. Como no había anoréxicas ni bulímicos, o al revés, podía ocurrir que te quedaras sin comer. Los hijos cumplían estos castigos inocuos que el psicologismo imperante ahora juzga de aberrantes. Los hijos meditaban o mascullaban al sentirse o no culpables de su conducta. Eran hijos y tenian padres. Así era la vida. Los padres venían tarde del trabajo y a la hora de comer ya salía el olor a cocido al rellano de las escalera y al entrar para dar un beso a la madre, se decía ¡Que bien huele!, ¿Cuantas morcillas has echado? Nada cambiaba cuando por mor de la necesidad la madre trabajaba fuera del ámbito doméstico. Ambos padres sentían la necesidad de tener descendencia, de continuar existiendo como familia, en unidad, en un pequeño territorio de intereses comunes y dispersos donde se negociaban opiniones y discrepancias. Una escuela de tolerancia subvertida por la apelación directa al frigorífico para alimentarse con cualquier chucheria y no comer en familia. Eran tiempos dónde había hijos, y los hijos tenían padres.

¿Y ahora? Ahora solo quedan momias, esqueletos abandonados en el sofá, sobre una silla, en la cama, momificados en la sociedad del cansancio, en eterno agotamiento. Mortificados por la soledad y el hastío. Esas parejas que se abandonan y fracasan en el verano cuando tienen que convivir sin la barrera del tajo, de la oficina, del comercio. Ni compasión, ni ternura, mucho menos amor. Sólo uso del cuerpo del otro, como un mueble más de la casa. Abandonados los huesos y descubiertos por azar, una gotera, un recibo impagado, una visita inesperada. Queda una macabra sensación, ya no hay padres, solo parejas, parejas sin destino, desorientadas y solas, hechas a la mendacidad, a la farsa, encerradas en un rutinario devenir hasta que cuando uno falta, el otro se deposita como carne a merced de la taxidermia del tiempo. No hay herederos. Parejas que procuran defenderse a sí mismas cediendo a todas sus fantasías, al cannabis y a la pornografía doméstica, al intercambio de parejas, poniéndose a prueba para ver si se aburren más entre sí, o más con los conyuges extras.

Parejas ajenas a su destino hueco, a dejar de venir sin haber sido, parejas que comparten la existencia por compartir algo, como quien echa una partida de ajedrez contra una máquina que solo le deja ganar en el nivel 1. Parejas sin hijos. Su nombre lo dice todo, sin descendientes, que solo tuvieron ascendientes y evitaron tener hijos. Se acabaron los padres. Ahora, hoy, solo queda un amasijo inerte de huesos que deambulan de un lugar a otro, en un infinito ir y no ir, las parejas, se juntan y se separan, no hay hijos que repartir, ni arrastrar, ni abandonar. Parejas hechas para morir y que el ayuntamiento retire los enseres y el forense levante los cadáveres, livianos, consumidos por su propia carne, solo piel y huesos, si acaso pelo.

Pobres hijos que no tuvieron, ¡Que mal hicieron para no existir!. Parejas felices hasta el ocaso. A los hijos no hubo que cuidarlos, darles una simple aspirina, ni ponerles el termómetro, ni llevarles a vacunar ni al médico. Nadie pudo llorar por ellos o reírse con ellos. Las parejas ya no lloran, tampoco ríen, solo el tic y el tac de un reloj hace avanzar las agujas que señalan la hora de su soledad, soledad de estar solo y soledad de estar acompañado por hábito. De ancianos se verán acompañados de extraños y extenderán las manos a desconocidos buscándose en la memoria perdida, en un diálogo que nunca conocieron.

Los padres se acabaron, los hijos también, no son económicamente rentables, son mejores los individuos, dan menos problemas, son más dúctiles, piden poco y viven con menos, gastan todo para sí en objetos inútiles, no tienen hijos por los que pedir, por los que luchar, nadie puede decir aquello de ¡lo hago por mis hijos!, nadie puede robar por ellos, ni matar por ellos, ni defenderles como si los hijos fueran lo primero. Todos los encuentros son ocasionales con nombres olvidados.

 

Las familias están en crisis, las parejas sufren crisis pero son los hijos los que lloran por unos padres que no tuvieron, por esos padres que un día podrían haber puesto la mano sobre la frente para comprobar si había fiebre. Solo quedan las momias, sus padres ya murieron. Las parejas disfrutan de sus perros, y los hijos que quedan arrojados a la calle ya sólo tienen para cuidarles a la policía. Si la policía puede acudir a su búsqueda.

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