Se ha suscitado una polémica por la ideología de género, el sexo convertido en mercancía. El sexo como tal poco importa. Es sólo la apariencia. Es este mundo de Byung-Chul Han, el parecer ha substituido al ser. El mercado va formando a individuos estériles, puros consumidores de entidades postizas, un nuevo objetivo, una nueva diana para el consumo dirigido. Todos idénticos y estériles, meros objetos de una masa informe. Abajo la inteligencia y la creatividad. Antes la moda era para hombres o mujeres, ahora es transmoda, el sexo es transsexo "transmutado" en transgénero de esta democracia moribunda que como indica Tortellá pronto se convertirá en transdemocracia.

Los niños y niñas dejaron paso a los niñ@s que pueden sufrir transfobia cuando la expresión de género se hace transparente. Jamás esta basura de izquierda oportunista hizo tanto daño a tantos seres humanos, heterosexuales y homosexuales, raza humana proscrita y perseguida por una Ley que hace ideología de la entrepierna para imponer un modelo de sociedad en regresión. Los hijos, ahora, no los tienen los occidentales, los tienen los musulmanes, los que poseen una industria de úteros, que pronto serán de alquiler de los castrati europeos, los sopranos y mezzo-sopranos que perdían su sexo para mantener su voz virginal. Las mujeres sufren ablación y en Occidente, ahora, la extirpación del sexo, primero mental y luego física. La barbarie avanza. Es el fin de la civilización que ha renunciado a la ciencia y ha apostado por reducir el avance social al sexo, como si todo viniera a suplirse mirándose la variedad de orificios humanos y sus genitales bisexuales, como si el progreso dependiera exclusivamente de la promiscua declaración de cuál es su afinidad sexual. Ya descubrió esta política corrupta el sucedáneo y el entretenimiento narcisista.

Los "obsexos" indican que las niñas tienen pene y los niños vulva en una clara subversión de la realidad para imponer la realidad del trasero, del carácter asexuado de la especie humana para que una vez escindida del cuerpo pueda comprarse y venderse individualmente. La Ley de Identidad de Género es una ley de propaganda, que viola el derecho al libre desarrollo de la personalidad y el derecho fundamental a la integridad, una ley criminal como puede ser cualquier otra ley basada en la xenofobia, en esta ocasión hacia hombres y mujeres y heterosexuales. La respuesta ciudadana substanciada en un autobús llama la atención por manifestar lo evidente, los niños no tienen vulva y las niñas no tienen pene. Abrogando de la libertad de expresión avanzan en los medios de propaganda fascista su reacción. Solicitan el fusilamiento. Incluso aunque la misma contrapropaganda del autobús no sea capaz de reconocer, que son las representaciones mentales y no los genitales el destino. Como en la economía de guerra, el estraperlo, muchos buscan sacar provecho comercial de la segmentación del sexo. Pronto se comercializarán penes y vulvas creadas a medida, sexos artificiales y estériles con impresoras 3D; el sexo no será más una elección genética, será una imposición de la mercadotecnia para domesticar las conciencias y dominar a la especie bajo el yugo de una procreación industrializada con las mismas miserias retratadas en un mundo feliz.

No vamos a discutir lo evidente. Existe una campaña de esa izquierda agónica, aquella misma que perseguía a los homosexuales, que no suscribía el voto femenino y que ante su desaparición ha optado por convertir sus mensajes sexistas en estrategias de captación del voto homosexual, como si no hubiera de todo en la viña del señor. Se organizan en lobis capaces de prodigarse para arrancar unos escaños, para ocultar sus intereses sobre la base de consignas vacías mucho más baratas y aparentes. La política ha dejado paso a la transpolítica, aquella que desfila con sus líderes heterosexuales disfrazados, entre la muchedumbre, con su antagónico sexual. Cifuentes es el último rinocerente, el último converso de ese teatro del absurdo de Ionesco. No ha querido representar al ciudadano resistente. Hace tiempo se murió José Bódalo, el actor que no hizo películas de sexo expresivo de la decadencia del cine español. El mismo que simula la taquilla, como estos políticos de pacotilla.

Una crisis de la cultura cuyo precio se pagará por generaciones. Una cultura de negación de la naturaleza. Una negación del ecologismo de la identidad sexual. La cultura ha perdido su carácter complejo para hacerse sencillamente inmediata y simple. Un ejército de efebos estériles avanza, con su carga erótica implícita, para la toma de los parlamentos, se besan en el hemiciclo o amamantan a sus crías. Son estos jóvenes de espaldas con cifosis quienes han tomado el parlamento. La experiencia ha desaparecido. Sólo queda el sexo, la oratoria, el discurso, la razón se nutre en la fábrica del amor ajeno, en el sexo simulado. En el tímpano del Congreso de los Diputados se incribirán con letras de pan de oro "Que no entre aquí quién tenga pene o vulva". Por fin, por eliminación, no tendrá que haber cuotas.

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