Juan Pérez de Mungía, 31 de octubre de 2016 a las 13:27

Comparar a Trump y Clinton como posibles presidentes estadounidenses es tan artificial como engañoso, un simulacro democrático en el que el ciudadano parece elegir entre lo mismo y lo mismo con el sólo intercambio de las etiquetas. El sistema electoral norteamericano es todo menos simple y el resultado bien puede dar sorpresas. Gane quien gane en el país militarmente más poderoso de la tierra, el impacto de la elección en el propio país y en el resto del mundo será similar.

Ambos candidatos representan la misma poderosa mafia industrial que desarrolla tecnología para aplicarla a la guerra. La Pax Americana se sostiene sobre una hegemonía tecnológica-militar que cumple su fin bajo una amenaza permanente al libre mercado al alterar equilibrios críticos en el mantenimiento y supervivencia de las naciones. La Guerra Americana se traslada a la periferia donde se ensayan las nuevas armas. La guerra se realiza manipulando robots de ataque y drones que matan a un enemigo invisible desde la distancia del despacho como si de un videojuego se tratara. La misma tecnología de la guerra garantiza la tecnología doméstica donde colabora Romba, la inocente marca de los aspiradores, hasta la Lockheed, el MIT y un largo etcétera. La misma siniestra estrategia para dominar el mundo e imponer sus productos y patentes. La estrategia que representa el grado de control que EEUU ejerce sobre la industria del petróleo haciéndose inmune a sus amenazas mediante una política de control de precios, liberando el mercado de producción a partir de la tecnología de extracción del esquisto y la guerra selectiva para hacer y deshacer a países y señores a su antojo, Libia, Irak, Arabia Saudí y los países del golfo. Por eso vota contra el Congreso y el Senado la posibilidad de reclamar al terrorismo yihadista de Arabía Saudí. Y Obama ha perdido.

Puede sorprender al ciudadano de la vieja Europa que EEUU entre en conflicto como un elefante en una cacharrería, desconociendo la cultura y el equilibrio de fuerzas que sostiene la miseria de los países que ataca con una singular falta de conocimiento y talento para una potencia con ese músculo militar. ¿Por qué habrían de hacerlo los comandantes en jefe y generales del mayor estado terrorista del mundo que se excluye a sí mismo de que sus crímenes sean juzgados por tribunales internacionales? ¿Por qué habrían de sustituir su tecnología militar, sus bombas, por la diplomacia sólo para controlar las potenciales agresiones a sus interés económicos?. Si la guerra contra el ISIS cosecha hoy éxitos tras tanta barbarie y fracaso yanqui es por el papel británico y europeo para constituir un ejército propio e independiente en esa nación tutelada en que se ha convertido Irak. EEUU ha dilapidado el enorme capital de prestigio de sus héroes de la segunda guerra mundial frente a la barbarie nazi.

No extraña, por tanto, que Trump revele su interés por replicar el acuerdo de Yalta y pactar con la Rusia de Putin el reparto de sus esferas de influencia. Aún no compartiendo su tecnología militar, Trump y Clinton piensan que EEUU y Rusia deben ser amigos. Rusia imita su ejemplo con una tecnología convencional, utilizando sus últimos desarrollos en tecnología aérea mediante el bombardeo sistemático de los Sukoi S35 de última generación sobre Siria. No es lo más sofisticado pero si lo más relevante de su maquinaria de guerra para imponer y advertir de su dominio. Submarinos rusos de última generación acuden a las costas bálticas y cazabombarderos sofisticados se dan una vuelta por el espacio internacional acompañados de aviones de la OTAN. Una política que protege y ampara el complejo militar-industrial de los Estados Unidos, verdadera razón de ser del endémico patriotismo del "Stronger Together" -Juntos más Fuertes- y "Make America Great Again" -Hagamos a Estados Unidos Grande otra vez", un patriotismo que liquida a sus héroes de guerra mediante las balas perdidas de la policía, mediante la depresión y el suicidio. El mismo mensaje de siempre del ombligo del mundo, el omphalos del destino divino, la autoprofecía cumplida del "In God we Trust", del "God save America", de la verdad revelada de la biblia mormona y el inventario de los que poseerán la tierra. Ambos líderes representan el odio al libre comercio y el odio a los derechos humanos. Ambos líderes invocan la nostalgia populista, ambos representan el tribalismo, la infinita segregación social de los negros y los blancos, de los con-techo y los sin-techo, de los hombres y las mujeres, de los heterosexuales y de los homosexuales, la infinita segregación hasta la extenuación de quienes viven de confundir y destruir la noción de ciudadano, la "salad bowl" de un fracaso colectivo que pierde toda esperanza en el American Dream.

Hillary y Donald, Donald y Hillary, producen vértigo y dan pánico. Como los medios los presentan como "el bueno" y "el malo", o como el "malo" y el "bueno", sólo falta "el feo" que Donald Rumsfeld, el famoso Secretario de Defensa, experto en galimatías discursivas, llamaba la Vieja Europa. Cabalga de nuevo el Estado eunuco del western. Clinton porque esconde y Trump porque se manifiesta amenazan la paz. Puede que Trump seduzca a la América blanca del Ku Kus Klan en su depauperado territorio, o puede que Clinton se aupe sobre las espaldas internacionales de Wall Street y sus intereses corporativos. Cualquiera puede continuar la farsa. Europa no podrá influir en este combate mientras el pueblo estadounidense agoniza. En las ciudades americanas los precios de las viviendas y el vecindario dominante dibujan la rampante desigualdad, más trágica que la que se produce entre el primer mundo y el tercer mundo, mas violenta que la de Sudáfrica en el apartheid. Siempre habrá quienes quieran ignorar las alarmas y quienes se crean que las reformas cosméticas y los estilos amables de Clinton sean preferibles a la amenaza y el exabrupto de Trump. Ambos perderán frente al pueblo estadounidense que dicen representar, aquel que ha invocado el grito inaudible de Bernie Sanders. El ciudadano puede que descubra en el discurso vacío de una mujer presidente de los Estados Unidos cuán falaz y débil es la ideología de género que supone un mejor destino al país si el presidente es mujer. Lo mismo puede que descubra quien pueda creer en el macho alfa. Es la irracionalidad del ser humano que permite hablar de una especie condenada a causar su propia desaparición.